Dos ojos, una nariz afilada de metal, una vela, un trirreme Griego, el de Gabúleo. El barco se acercaba junto a otro barco aliado al gran barco Persa donde se encontraban los Grandes generales Persas. Las embarcaciones griegas al son del remo se acercaron a la nave Persa. -¡Colisión! Persas estad preparados. Los Griegos ya preparados saltáron al Galeón Persa. Los Persas resistían pero nuestro Gabúleo pasaba a los Persas a cuchillo limpio. Las cabezas y los putrefactos cuerpos rodaban. A un Persa le colgaba un pingajo rojo y amarillo de la cabeza. Otro iba en busca de sus muelas cuando Gabúleo le cogió de las piernas y lo lanzó por la borda. Entonces un escalofrío recorrió a los Griegos. Una puerta vieja y rota por los proyectiles dejó ver uno de los misterios. Salió el General Persa un anciano canoso con un látigo. Al salir por lo alto del barco comenzó a gritar: Soltad a los perros. Entonces unos Persas abrieron unas jaulas donde se encontraban los perros, que feroces se lanzaron contra los Griegos ahora los Griegos tenían más dificultades pero no Gabúleo. Éste cogió la espada y se la clavó a los sucios perros. El general Persa dolido por la imagen se lanzó contra Gabúleo. Los demás seguían como podían la batalla los perros caían pero los Griegos también. Gabúleo despues de atravesar a un Persa con la espada se vió cara a cara con el general Persa. Éste saco su espada curva y comenzó un combate a muerte. Gabúleo más ágil se las ingenió para hacer que el Persa perdiera su espada. Entonces el general se arrodilló pidiendo clemencia: Piedad de un pobre viejo y malvado general. Gabúleo reflexionó. En ese momento la distracción favoreció al persa que intento coger un puñal del suelo pero cuando se lo fué a clavar a Gabúleo éste le había ya acuchillado. Era el fin de ese tirano que no vería más la luz del día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario